lunes, noviembre 20, 2017
Vertiente Crítica

Abajo el trabajo

Recientemente hemos visto a una parte de la sociedad civil francesa en pie por sus calles y plazas manifestándose contra la reforma laboral que se les viene encima y que nos debería resultar familiar. Indignación ciudadana que nos retrotrae a ese 15 de mayo de 2011 en España. Asimismo, indignados estaban también los islandeses que salieron a la calle para exigir la dimisión de su primer ministro -cosa que consiguieron-, salpicado por el poco sorprendente escándalo de los papeles de Panamá. En la España de 2016, por contra, igual y superiormente afectada por la corrupción y la precariedad, parece que corren tiempos de tanta calma para los poderosos que la última protesta reseñable en Madrid era debida a unas expulsiones del show de Gran Hermano.

Quizá no fue reseñable por la cantidad de población congregada o por los disturbios producidos, pero es una imagen que posee una fuerza simbólicamente muy dolorosa. Por supuesto, a diario se producen gestos y actos de protesta contra lo establecido en toda la geografía, aunque las más de las veces como acciones puntuales e inconexas. La clase trabajadora anda como pollo sin cabeza; sin derechos y sin conciencia de haberlos perdido. Hace no tanto en el continente europeo se creó aquello del “Estado del bienestar”, un producto del capitalismo social del que nos podemos ir olvidando. Solo cuando el poderoso tiene miedo o se ve forzado puede ceder, y hace tanto tiempo que las huelgas y movilizaciones de trabajadores o estudiantes no dan miedo que el estrangulamiento nos está dejando sin cabeza. Sin derechos, sin ideas, sin estrategias: queda la resignación de vivir para trabajar, trabajar sin cobrar, trabajar pagando o sin poder pagar necesidades, trabajar sin vivir. Eso o hacerse empresario, emprender un apasionante viaje hacia el mundo del endeudamiento y la competitividad entre ovejas mientras los lobos brindan bajo el sol.

Existen diferentes vías para cambiar las condiciones materiales de existencia, pero quizá no debieran entenderse tan separadamente como habitualmente se hace. De poco o nada sirve una revolución política sin una revolución social, y seguramente tampoco, como dijese Hegel, una revolución sin reforma. Desde luego, no cabe menospreciar los avances democráticos que se han producido, por ejemplo, derivados de rebeliones burguesas o liberales; pues a diferencia de la izquierda más inoperante, no podemos abanderar la lucha por los derechos sociales sin defender y ejercer también nuestros derechos civiles, individuales.

Aunque existan unos papeles mojados llamados Declaración de los Derechos Humanos o Constitución española, la realidad es que en nuestros días todos los bienes materiales se tienen que comprar, y para obtener dinero se requiere de un salario a cambio de trabajo. Llegados a este punto, todos sabemos que en España andamos muy lejos del pleno empleo y que, por tanto, hay muchas personas que pueden comprar muy pocas cosas o ninguna. Por otra parte, las condiciones laborales de quien sí tiene empleo son cada vez peores (además de que el puesto de trabajo no garantiza tener el dinero suficiente para lo más básico, cada vez con  más frecuencia), razón de ser de las recientes movilizaciones en Francia.

Nuestro amado líder, el dinero, no es un objeto sino el resultado de una relación de fuerzas. El valor del dinero es relativo al tiempo de trabajo necesario para conseguirlo: un billete de diez euros puede tener el valor de una hora de trabajo, o de tres, o de diez días. Siendo así que a nivel individual no tenemos el poder de disponer y gestionar el tiempo de nuestras vidas como cada cual considere o libremente decida, no es descabellado decir que no somos libres si en el entramado económico en el que vivimos se nos expropia nuestro irrecuperable tiempo vital. Podemos plantear entonces: ¿acaso si todo el mundo tuviera una vivienda garantizada, junto a lo más básico para vivir con dignidad, muchas de nosotras iríamos a trabajar, por ejemplo, diez horas a cambio de cincuenta euros? Parece claro que no. Ojalá. Y eso iría en contra de los intereses de quien se enriquece a costa del tiempo de los demás, eso sí que sería que el miedo cambie de bando. En suma, no hay manera de que lo que beneficia a unos no perjudique necesariamente a otros, hay un evidente choque de intereses. Lo que viene siendo toda la vida y toda la historia de la humanidad la lucha de clases, pero mientras solo la clase dominante tenga conciencia de ello las relaciones de poder no van a variar en favor de los más vulnerables para que dejen de serlo por arte de magia.

Imagen extraída de Google.

Imagen extraída de Google.

A pesar de los golpes de una realidad cada vez más proletarizada, resulta llamativo que pudiéramos leer en algunas de las pancartas de la place de la République: “ni capitalistas ni anti-capitalistas: ciudadanos”. Ya que estos movimientos cívicos espontáneos son más para agitar conciencias que para resistir y atacar de manera directa contra el sistema de libre mercado que nos oprime, al menos tengamos claros los mensajes. Estamos en contra de la servidumbre y a favor de la libertad, muy bien; concretando un poco más, ¿qué queremos? Si lo que se supone que queremos es volver a los años del Estado de bienestar, de burbujas inmobiliarias y consumo a base de créditos sin fin; si la especulación no nos molesta demasiado mientras yo me pueda ir de vacaciones o desahucien a mi vecina pero no a mí, o sea otro el que deje de recibir un tratamiento médico del que depende su vida pero no la mía… nos estamos equivocando de enfoque. Además de pobres, no seamos gilipollas. Aprendamos de la historia, ya que de lo contrario tendremos que repetirla: el sufrimiento y la sangre que costaron derechos como la jornada laboral de ocho horas, la jubilación a los sesenta y cinco años (ya vamos por sesenta y siete, gracias al bipartidismo político -PP y PSOE- y sindical -CCOO y UGT) y un largo etcétera tendremos que volver a derramarla si lo perdemos todo y queremos recuperarlo. A ellos no les está costando tanto expropiarnos, síntoma de esa patológica docilidad y connivencia con la dictadura del dinero que caracteriza, al parecer, a la ciudadanía contemporánea. ¿Hasta cuándo? ¿Qué estamos dispuestos a hacer y a perder? A este paso, en poco tiempo tendremos jornadas de veinte horas a cambio de sueldos de miseria sin ningún tipo de seguridad ni de derechos y no nos habremos dado ni cuenta de cómo lo han hecho. Sin duda, lo harán si pueden. La cuestión es impedir que puedan.

Así que cuanto antes tomemos consciencia de que esto es una guerra, mejor para nosotros. Mi propuesta es que enfoquemos nuestras luchas en generar bienestar y no tanto en generar trabajo, si es que mediante éste ya no se engendra bienestar como parece obvio. Por supuesto, del mismo modo en que el bipartidismo político en España conforma un lastre para el bienestar de quienes conocemos de cerca la precariedad y la pobreza, también el bipartidismo sindical se ha convertido en un enemigo al que hay que hacer frente reinventando el propio sindicalismo. El mundo de hoy ya no es el mismo del siglo XIX, ni falta que hace, pero no por ello nos convendría prescindir de sindicatos ni de partidos políticos. Mediante ellos y mediante movilizaciones un poco más serias que las recientes en las calles y universidades podemos defender lo público para que no nos lo roben y, con Víctor Jara, el derecho de vivir en paz para que no nos maten (a trabajar, literalmente, o ambas).

"El trabajo os hará libres", inscripción que daba la bienvenida en Auschwitz. Imagen extraída de Google.

“El trabajo os hará libres”, inscripción que daba la bienvenida en Auschwitz. Imagen extraída de Google.

Autor/a

Fundadora y editora de El Rincón de Pensar. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Valencia. Realizó un máster en pensamiento filosófico contemporáneo con investigación en el trabajo final acerca de Slavoj Zizek. Máster en educación secundaria. Actual y precariamente dedicada al nomadismo.

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