martes, septiembre 25, 2018
Vertiente Crítica

La batalla por el tiempo

La batalla por el tiempo

En nuestra sociedad actual el transcurso del tiempo parece acelerar violentamente su ritmo, marcado por jornadas de trabajo con las que se derriten los relojes y con tasas de desempleo que difuminan los calendarios. El tiempo del trabajo y el tiempo para el descanso y el ocio se entrecruzan convirtiéndonos en sujetos productivos para el sistema en todo momento. Siendo la política lo que determina el poder de tomar decisiones sobre la vida, y siendo ser el tiempo, nos encontramos siempre atravesados por conflictos de biopoder. El poder tomar decisiones sobre la propia vida debe ser hoy una utopía con más vigencia que nunca. La libertad de poder decidir cómo gestionar el tiempo del que disponemos en nuestra vida, y cómo administrar el trabajo -que no solo el empleo- en el tiempo, más allá de lo que se compra y se vende. Que no nos hagan creer que la libertad consiste en poder elegir qué productos podemos consumir; su propaganda es poderosa, pero no conviene olvidar que para batallar tomar elementos del adversario para atribuirles otro significado y volverlos contra él puede resultar muy efectivo.

En última instancia, se trata de revertir la concepción del dinero como forma de la libertad. Se trata de que la vida de la mayoría no se vea absorbida por un trabajo del que mayormente van a sacar beneficios unos pocos que pueden hacer con el tiempo de su vida lo que quieran. Se trata, también, de negarse a dar sepultura a esa parte de nuestra historia pasada que retorna días como el primero de mayo, que nos hacen recordar luchas pasadas que forzaron las condiciones de vida y distribución de poder en beneficio de la mayoría. Sin desobediencia no hay justicia; a veces es de extrema necesidad dejar de consentir el reparto de poder tal y como está distribuido y decir “no”: emociona pensar en esa escena de L’Enfant sauvage de François Truffaut cuando Victor se rebela al percibir un acto de injusticia. Solo si reconocemos algo como injusto nos forjamos una idea de lo que es la justicia; un reconocimiento que nace del impulso de un sentimiento.

Recurriendo a Lacan: ¿está más loco un mendigo que se cree rey o un rey que se cree rey? El rey que se cree que es rey de manera consubstancial a su existencia está loco si no sabe que solo es rey a condición de que el resto lo consienta. Producimos y somos producidos dialécticamente entre lo natural y lo artificial. La cultura que compartimos hoy es una cultura basada en el consumo, el marketing, el “emprendeudamiento”; donde nada escapa a la lógica empresarial. La coerción no es percibida como tal y las reglas del juego se asumen como naturales, perpetuando el funcionamiento de la misma lógica. Que la cultura occidental haya devenido en esto que conocemos ahora es el resultado de un orden establecido que dispone de unas formas de legitimación que son consentidas. “La naturaleza siempre tiene algo de cultural, mientras que las culturas se construyen a base de ese tráfico incesante con la naturaleza que llamamos trabajo”[1]. Con la política eclipsada por la economía, con los intereses privados por encima de lo público, la única separación de poderes que está meridianamente clara es la separación entre pobres y ricos.

Tumba de Eric Hobsbawn en el cementerio de Highgate en Londres. Es el mismo cementerio donde está enterrado Karl Marx.

Mucho más eficaz ejercer la dominación desde dentro mediante el convencimiento que desde una exterioridad opresora, qué duda cabe. Poco a poco desde que nacemos se van insertando en nuestro inconsciente imágenes, símbolos, fermentos de ideas. Y para una suerte de “inconsciente colectivo” delirante en la actualidad, el traumático siglo pasado no ha concluido; muchas de las heridas continúan abiertas. Cuando el corto siglo XX terminó en 1990 -siguiendo a Hobsbawm- una potente unipolaridad se impuso y consintió como nunca antes se podría haber conseguido. No es que haya un “gran hermano” que nos vigila, es que las cámaras nos las ponemos nosotros.

Nuestra relación con el pasado siempre parece una problemática sucesión de mentiras. Retales fundamentales del pasado quedan arrinconados mientras que nunca falta un hilo discursivo que teje la historia como más conviene a quien pone el dinero. Proyectados hacia el futuro, nos creemos que vamos en continuo progreso hacia la farsa que nos creamos entre todos, aun con falta de pruebas razonables de que esto sea así. Si nos dejamos llevar por la inercia de la fantasía de que las cosas pueden seguir como están indefinidamente cometemos la injusticia de alejarnos de las pocas cosas por las que podemos sentir orgullo por la especie humana: el acto de dudar, la imaginación, el espíritu crítico.

¿Es que avanzamos demasiado deprisa o más despacio de lo que galopan los tiempos? El incesante cambio al que está sometido eso que llamamos “realidad” no deja de producirse, y es por ello que no puede ser más absurdo pretender jugar a transformar el mundo del siglo XXI pensando según los esquemas de un mundo que acabó y no volverá.

Se ha hablado y escrito repetidas veces sobre “el hombre nuevo” o de la necesidad de su creación; muy frecuentemente en los últimos tiempos desde lo que se ha venido denominando como izquierda política, tan prolija en intelectuales que soñaban con mundos nuevos en el pasado como desubicada ahora. ¿Cómo hablar de lucha por la emancipación cuando se aman las cadenas y se carece de lenguaje que pueda expresar nuestra falta de libertad? quizá en cuestiones políticas no se trate tanto de buscar el sentido como de luchar por el significado que le damos a las cosas.

Detalle escenográfico de la función “Esperando a Godot” en Theatre Royal Haymarket. (2009).

En el siglo XX se ha esperado demasiado, esperando a los bárbaros y esperando a Godot. Pero en el mismo camino se nos ha enseñado que los bárbaros somos nosotros y el sentido de nuestra vida no es otro que el que marcamos con nuestros pasos. Lo mejor es dejar de esperar lo que no va a llegar por el mero hecho de ya estar aquí y tener la irreverencia de pensar de otra manera y repensar lo pensado. Luchar por el derecho a disponer de tiempo para la reflexión, para lo que contradice al sistema. Tener la cordura suficiente para llegar al loco extremo de rebelarse.

[1] Eagleton, T: La idea de cultura. Una mirada política sobre los conflictos culturales. Paidós, Barcelona, 2001, p.15

  • Imagen de “Esperando a Godot” albergada en wikipedia.
  • Imagen de la tumba de Eric Hobsbawn tomada por la autora del artículo Lucía Alva.

Autor/a

Fundadora y editora de El Rincón de Pensar. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Valencia. Realizó un máster en pensamiento filosófico contemporáneo con investigación en el trabajo final acerca de Slavoj Zizek. Máster en educación secundaria. Actual y precariamente dedicada al nomadismo.

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